
Miguel de la Madrid y sus declaraciones...

Gomez Mont y su rabiosa defensa del presidente (así, con chaparras minúsculas)
Las serpientes amenzaban y de inmediato sucumbían. El letal veneno fracasaba ante la penumbra de sus huesos rotos. ¡Serpientes! -decía- Dignos brebajes.
Pasaron los días y las noches, incontables como ráfagas de estrellas. Almas iban y almas venían y su destino parecía no girar. A cada paso que daba el tiempo renacía una tortuosa eternidad.
De pronto, entre tormentos y centelleantes lágrimas de lluvia, abrió sus ojos de su largo sueño, tomó sus armas, las asió hacia soles deslumbrantes y festejó la gloria de sus sufrimientos culminados.
Después de combatir incesantemente contra sus propias sombras, el guerrero estaba listo...
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